
Según la edad del cliente, muchas veces te encontrarás, si es que este supera ya la cuarentena (en la que habría que poner a más de uno) la mítica cara de otro, cuando le propones hacer algo de street marketing. Y cuando digo cara de otro, me refiero a esa cara que pones cuando tienes un retortijón o te cae esa gota en todo el cogote. Esa expresión de desagrado y malestar que SIEMPRE viene acompañada de la pregunta “¿Pero eso no es ilegal?.
Y es en este punto, en el que maldices a Ally McBeal y a la madre de todas las series de letrados (con todos mis respetos a los abogados, ¿eh familia?, que sé que nos leéis) por dar la oportunidad a todo el mundo de confirmar la legalidad o moralidad de los actos de los publicitarios. Y digo de los publicitarios, porque a nivel personal, y creo que muchos de vosotros estaréis de acuerdo, en que las acciones de street marketing, son uno de los proyectos más agradecidos para nosotros.
Al igual que los grafiteros, a los creativos nos encanta que se vean nuestros trabajos. Que se los coma todo el mundo. Y no sólo compartimos esta afición, sino que además, tenemos el mismo punto de partida. El mismo pistoletazo que dio la salida a ambos mundos, que aunque tomasen rumbos distintos, tenemos la suerte de que se encuentren muchas veces en el camino. Porque señores, el street marketing no la inventaron tipos vestidos por Armani, sino colegas prehistóricos, que en taparrabos vieron los albores de lo que es una de las disciplinas comunicativas de mayor crecimiento.
Bisontes en cuevas que ahora son cajas de patatas de McDonalds en plena calzada, vándalos que corrían delante de la policía y que ahora, como Banksy o Shepard Fairey, son artistas reverenciados. Lo que antes debería ser ilegal, hoy es lo ÚLTIMO. Lo más innovador y puntero. Y esto nos lo han demostrado personas como Madonna en la música, Pelé en el fútbol o Sony en la electrónica.
Por eso queridos clientes, quítense los ruedines mentales y láncense a la aventura. Estamos inmersos en una época (y me atrevería a decir que también en un mundo), en la que si no arriesgas no te comes un colín. No guts, no glory. Transgredir o morir. Entiéndelo como prefieras, pero el que primero golpea, gana. Y la competencia ya te ha calzado su primera ostia.