Si has visto un catálogo de Ikea alguna vez, sabrás a lo que me refiero.
Esas camas enormes llenas de cojines y edredones gruesos y suaves. Esas estancias blanquísimas, perfectamente ordenadas, escenas de perfección y calor de hogar sueco. Sábanas blancas, cojines y sofás blancos, cojines de colores, madera impoluta. Gente perfecta en casas perfectas. Tú no puedes hablar del tiempo con tu madre sin discutir, pero ellos, míralos, ríen y disfrutan en familia. Nada está sucio, roto o gastado. Nadie está mal peinado o vestido. Mírate. Vergüenza debería de darte.

Uno se siente mal al pensar en su casa, con su polvo en los estantes, su grasa en la cocina, su pelo atascando el desagüe, su ropa revuelta. Porque quieres eso. Quieres ser más ordenado y más limpio y tener una casa así de bonita y domir cada noche en esa super cama rodeado de cojines de nombres diversos.
Ellos lo saben. Por eso lo hacen así.
Por eso te hacen creer que es posible tener un sofá blanco en una casa con niños. O que vas a poder mantener una cama con 23 cojines si no tienes asistenta y a duras penas puedes colocar las llaves en un bol cuando llegas a casa después de currar. O que no vas a cortar y a manchar de vino tu encimera de madera de álamo. Pero tú sabes la verdad.
Vas a seguir dejando los platos sin fregar, las migas sin recoger, las mantas sin doblar, los zapatos por medio y desde luego que te vas a dejar la tapa del váter subida.
No eres sueco. No vives dentro de una escena Ikea. Y eso nunca va a cambiar.
… ¿O sí?