Givenchy es de esos clientes que mola tener pero acojona. Porque tú te dices a ti mismo, si yo de francés sé decir Zidane y Psy4 de la rime, y eso que mis padres me apuntaron a un curso intensivo de 6 meses en el Liceo Francés y del que lo único que aprendí fue que me encantaban los croissants y que hacía play-back al cantar Frère Jacques.

Es una de esas cuentas que te embriaga. Que te llega un briefing y queda una esencia deliciosa en toda la agencia. Que te demuestra que el pachuli no es como tú pensabas, eso a lo que huelen los chulo playas que en los años 70 poblaban Torrevieja, marcando paquete con su Meyba fardahuevos, con peine incluido en el vientre.
Gracias a Givenchy sabemos que, como los vinos más prestigiosos del mundo, en los que una añada exquisita se guarda como una bendición, los perfumes reciben el mismo tratamiento, cual caldo delicioso. También predestinado a pasar por el gaznate, pero en este caso, por el exterior del mismo. El pescuezo, vamos. Aunque siendo tan buenas sus fragancias, no nos extrañaría que más de uno se las bebiese.
Que Audrey Hepburn o Liv Tyler, las Di Stefano y Messi de las campañas publicitarias hayan jugado en nuestro equipo, creo que dice mucho de una marca que a pesar de no hacer mucho ruido, ya que como dijo Balzac “Un efecto esencial de la elegancia es ocultar sus medios”, enamora por su aroma, hechiza con sus complementos y acicala su presencia con sus exquisitos maquillajes. Nos ha quedado ñoño de cojones, ¿verdad?
Dejémoslo en que “el que primero lo huele, como cliente lo quiere”.
escrito por David Fernández